Nunca había sentido el crujir del corazón palpitando estrepitosamente en mi pecho.
Nunca un sueño se me había roto en tres segundos.
Jamás había calado tanto y tan profundo.
Había vislumbrado mi futuro calmo. Quieto. Sin novedades más que las arrugas nuevas y los kilos; había pensado que nada iba a cambiar ni para bien ni para mal. Imaginé que todo sería como hace un año, donde de pronto me llegó el sosiego de una vida tranquila y sin prisas, sin angustia por llegar a fin de mes; sin la carga de una casa que no podía solventar.
Me había liberado de una cárcel que yo misma construí.
Si cierro una puerta, es para siempre.
Acá en el sosiego la vida pasa lenta entre encierro, clonazepam, el canal 15 de televisión abierta y películas de terror en Netflix. Entre caminatas cortas al otro trabajo y tacos de tripa al caer la tarde. La vida me cambió para bien, o eso era lo que yo creía. Hasta hace media hora. Media hora.
Si abro una puerta, es para siempre.
Me había imaginado cumpliendo sueños después de hacer un trato y de renunciar a todo lo que tenía, todo dejé. Y tras perdonarme, a los meses me fijé metas, sueños, deseos. Hoy hace un año que perdí todo lo material que pude obtener tras 20 años de trabajo. Renuncié por amor.
Si perdono, es para siempre.
Era un carnaval de sueños, me había imaginado realizándolos todos, como niña en una feria, que se sube a un juego y luego a otro, y otro. Vaya que me lo había imaginado, todo. Todo un año trabajando en forjar sueños que se esfumaron en tres segundos. Tres segundos. Tres.
Una llamada puede cambiarle la vida a cualquiera.
Unas palabras pueden romperte el corazón y los sueños.
Un silencio puede en sí, romperte el alma.
Cerré una puerta que debí dejar abierta. Abrí una puerta que debí dejar cerrada. Para siempre.
No soy capaz de perdonar tampoco, para siempre.
1 comentario:
Simplemente, sublime.
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